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Un Camino Contra La obesidad infantil : La Historia
Hoy cumplo tres años. Tengo 45, pero hace tres años, exactamente, decidí que mi vida iba a cambiar para siempre. Decidí que mi vida dejaría de valer la pena, para "Valer las Ganas" y escribí en un papel "10 propósitos para ser feliz".

Son metas escritas a mano, que llevo en mi cartera desde entonces y que leo cada día cuando tomo mi primer café. Son 10 metas de las cuales muchas ya se cumplieron, pero que hicieron que saliera adelante en el peor momento de mi vida.

La primera y más importante, tenía que ver con mi salud. Pesaba más de 146 kilos, fumaba tres atados (paquetes) de cigarrillos por día, no tenía ninguna actividad física y el sólo hecho de bajar unos pisos por escalera hacía que el corazón prácticamente se me saliera por la boca.

Había que cambiarlo, no tenía ni idea de cómo lo iba a hacer, pero tenía que cambiarlo.

Ese sábado, me levanté a las 5 de la mañana, me puse las zapatillas y camine 6 kilómetros. Me dolía todo. Tardé más de una hora y media en hacer el recorrido pero había logrado un “imposible”. Me puse en marcha.

Volví a casa como pude. Me acuerdo que la señora que limpia las escaleras del edificio me preguntó si estaba bien. Demasiado mal tendría que haber sido la imagen porque la cara de susto de la mujer era para sacarle una foto.

Llame al ascensor y me quedé mirando el botón como si me fuera a responder. En ese momento pensé. ¿No se supone que quiero bajar de peso? ¿Por qué el ascensor? Así que emprendí lo que me pareció la subida del Everest. De verdad, 20 minutos para subir cuatro pisos por escalera. Cuando llegué arriba no podía ni respirar.

Me metí en la ducha, y cuando salí me hice una promesa. Sin importar cuanto tardara, lo que me costara o como lo hiciera, yo conseguiría cambiar mi vida.

Me he pasado la vida escribiendo, diseñando, evaluando, revisando y poniendo en marcha proyectos para empresas, y de golpe, cuando me tocaba a mí, no tenía la más pálida idea de cómo lo iba a hacer. Todas mis metas no eran más que una expresión de deseo. NI UNA SOLA de ellas tenía un plan. No eran metas “SMART”. Estaba haciendo exactamente lo contrario a lo que sabía que tenía que hacer.

Pero esto tampoco era nuevo. De alguna manera eso fue lo que me llevo a esa situación. Y entonces me acordé de una charla que tuve con mi amiga Norma Chornik. Tres horas de conversación y lo único que no dejaba de resonar en mi cabeza era una sola palabra… “CONFÍA”.

El domingo cuando sonó la alarma del teléfono a las 5 de la mañana yo no podía mover ni un solo músculo. Me dolía absolutamente todo. Estuve caminando dentro de casa por más de media hora hasta que logré atarme las zapatillas. Me tomé un café y salí a caminar. Si es que se le puede llamar caminar a eso que hacía. Otra hora y media para “casi” seis kilómetros. Y otra vez las escaleras. Sólo que menos eternas.

Cuando me pesé ese día había bajado casi un kilo. Lo único que no había comido era pan. Así que busque un libro de la Dieta Dukan que había en casa y decidí que iba a empezar con la fase 1.

Un escándalo. Tenía que dejar de comer pan, pastas, patatas, postres azucarados. Las 4 “P”, pero estas NO eran las del Marketing. Éstas eran las de la comida que más me gustaba. Me quedé mirando la grilla de alimentos de la Fase 1 y lo único que se me ocurría pensar era… “Con razón la gente manda a tomar por saco las dietas en la primer semana. Esto no puede ser bueno. A este tío se le ha olvidado todo lo bueno”.

Después de quejarme un buen rato, ver la lista unas 10 veces y notar que por mucho que me lamentara, seguía sin aparecer el jamón serrano hice la lista de la compra. Ese domingo, mi día terminó muy pronto. No creo que hayan sido más de las 7 de la tarde cuando me dormí. Estaba molido.

El primer lunes de mi nueva vida no fue diferente. ¿Levantarme a las 5? ¿salir a caminar? Se me deben haber ocurrido no menos de 40 ó 50 excusas para no hacerlo. Pero tenía una meta y había que cumplirla. Cuando me levanté ese día todo me dolía el doble, pero tenía las piernas descansadas.

Volví, me duche, me pesé y sorpresa. Tenía tres kilos y medio menos que el viernes. Estaba FELIZ. Había salido a caminar por tercera vez y ya no estaba tan cansado. Los seis kilómetros ya no eran tan largos, pero las escaleras seguían siendo el Everest.

En ese momento me senté a escribir un plan, si esto iba a salir bien, únicamente funcionaría con un plan. Así que armé una agenda que incluía horarios estrictos para levantarme, las caminatas, las comidas, los ejercicios en casa, los horarios de trabajo y los de descanso. Todo milimetricamente agendado. En cada ítem había un apartado que describía las tareas una por una. Todo se agendaba con una semana de anticipación. Y se cumplía al pie de la letra. Pasé la agenda al teléfono y agregué alertas para no despistarme con los horarios. Tenía recordatorios para todo. Levantarme, pesarme, meditar, caminar, comida, gimnasia, estudio, trabajo, llamados, absolutamente todo estaba ahí. Y si no estaba, no se hacía.

Los primeros treinta días fueron un suplicio, pero estaba FELIZ! Había bajado 18.5Kg y se notaba. Las escaleras dejaron de ser el Everest y subir 4 pisos hasta mi casa ya no era un problema. Es más, subir 8 pisos ya formaba parte de mi rutina de ejercicios.

Ese mes comencé a usar una pulsera de movimiento de Fitbit. Un cacharro que me habían regalado para mi cumpleaños en abril, pero que había estado juntando polvo desde entonces. Me parecía alucinante. Podía ver en pantalla los pasos que daba, las calorías consumidas, las horas de sueño, e ingresar los registros de comidas. Cada cosa que hacía quedaba registrada y, aunque no lo crean, ver las mejoras en forma gráfica motiva. Motiva muchísimo.

Para septiembre había bajado 30 kilos. Caminaba 20 kilómetros al día. Hacía una hora de Crossfit y tenía tan optimizado mi tiempo que podía tener hasta dos horas diarias de lectura/estudio.
Bajar de peso tan rápido me trajo sus problemas. Había comenzado a marearme. Tenía problemas de equilibrio y de pronto estaba asustado. Me hice varios estudios y no había ninguna razón para estos síntomas, así que me recomendaron un fisioterapeuta e hice un par de sesiones con él.

La bajada de peso estaba descomprimiendo mi columna, estaba “creciendo” (o mejor dicho, recuperando mi altura), la columna se estiraba, presionaba mis cervicales y esto producía los mareos. De 1,74 pase a medir 1,77. CREER O REVENTAR! Y después de un par de sesiones con el fisio estaba nuevo. Ya no me dolía nada y volví a los entrenamientos diarios con más ganas.

Levantarme, hacer una hora y media de crossfit y hacer 20 kilómetros por día ya no era un problema. Y cada vez tenía más ganas.

Para el 31 de diciembre del 2015 había perdido 61 kilogramos. Corría/caminaba 20km todos los días. Tenía una sesión de ejercicios de una hora y media y había bajado 11 tallas en mi ropa.

Pasaron 28 meses desde entonces. El objetivo es el mismo. Mantenerme bien, mantenerme sano, arreglar todos los "despelotes" que mi vida anterior ha causado y seguir adelante.
Hoy tengo metas nuevas. El próximo 24 de julio de este año, 2017, me pondré en marcha para hacer “El camino de Santiago” en 21 días. No es un record. Hubo gente que lo ha hecho en menos tiempo, pero es "MI RECORD". Es la corona para tres años de muchísimo esfuerzo. De objetivos cumplidos. De metas firmes. De acciones planeadas al detalle.

¿El propósito? Crear un programa de ayuda para niños y adolescentes con obesidad. Cuento con un buen entrenamiento y la ayuda de profesionales de primerísimo nivel.

En mi equipo estarán María Del Carmen Fenollosa (Psicóloga), Mertxe Pasamontes (Psicóloga), Tony Crespo (Psicólogo), Francisco Manent de Spartan Nutrition (Nutrición & Entrenamiento), Jose Cabello (Programación & Sistemas), Andrés Hertzer (Social Media), Jose Antonio Bravo (Gestión y Administración), Ignacio Villalba & Diezmilpies (Relaciones Públicas) y TÚ…

Porque cuento contigo para dar a conocer el proyecto y convertirlo en una realidad. Mi sueño es que para el 2018 hayamos ayudado a 1000 chicos en España y haber llevado el proyecto, al menos, a otros dos países. ¿Me ayudas a cumplirlo?

Podrás seguir el avance de mi recorrido en línea, con vídeos y noticias en forma permanente. Salgo el 24 de julio, llego el 13 de Agosto, y espero que me acompañes. Me encantará tener tu apoyo.

Y si quieres formar parte del grupo de embajadores, ponte en contacto conmigo y con gusto te daré los detalles. Tengo un lugar reservado para ti entre los fundadores, y estoy seguro que, con tu ayuda, haremos grandes cosas.

¡Nos vemos en el camino!

Puedes seguir el evento y las novedades desde el siguiente enlace...
http://arielbrailovsky.com/ontheroad/

Éste 24 de julio parto con una idea. Un proyecto nuevo. Nuevos planes para que todo esto que hice pueda ayudar a otros. Un proyecto que le dará a mucha gente la seguridad de que las cosas se pueden hacer si se toma “esa decisión”. Y que sólo es cuestión de proponérselo.

¡Gracias a [email protected] los que han estado ahí siempre! Porque... ¡ustedes tienen mucho que ver con este éxito! ¡Muchas gracias!

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